Reflexiones del Papa Francisco para vivir el Adviento (Ciclo «C»)

Queridos amigos,

Hemos reunido estas meditaciones del Santo Padre Francisco para ayudarnos a preparar el corazón durante este tiempo fuerte de Adviento. Cada una comienza, a manera de prólogo para cada domingo, con las moniciones preparadas por nuestro equipo de liturgia. 
El Papa, una y otra vez, nos invita a “estar despiertos y orar”, como dos actitudes claves para vivir este tiempo de espera y de profunda esperanza. 
Es un tiempo propicio para cultivar y resignificar la “cultura del encuentro”, con Jesús y con nuestros hermanos. El Adviento, nos recuerda Francisco, nos invita a un esfuerzo de vigilancia, mirando más allá de nosotros mismos, alargando la mente y el corazón para abrirnos a las necesidades de la gente, de los hermanos y al deseo de un mundo nuevo. (Papa Francisco, Ángelus 2 de diciembre 2018)

(Las meditaciones del Papa Francisco fueron tomadas de las celebraciones del Ángelus en diciembre del 2018 – encontrarán un enlace al final de cada reflexión para acceder al texto completo).


Primer Domingo
“Esta por llegar la liberación”

Hoy comenzamos el Adviento, ese tiempo fuerte del año que comprende cuatro semanas en las que nos preparamos para el Nacimiento de Jesús, mediante la oración, la reconciliación y la práctica de la caridad. El Adviento es un tiempo de espera confiada y vigilante en la venida del Señor que trae la salvación. Las lecturas de la liturgia de este Domingo I nos llaman a “orar incesantemente” (Evangelio), a “crecer en el amor mutuo” (segunda lectura); nos interpelan a salir de la autorreferencialidad para abrir el corazón al Señor que viene, a gastar la vida con gestos concretos hacia nuestros hermanos, gestos que nos animan, nos liberan y nos fortalecen en la fe. 
Que en este peregrinar que hoy juntos comenzamos hacia la Navidad, la brillante luz de la estrella de Belén ilumine nuestro camino y que podamos repetir las palabras del salmista cada día en nuestra oración: A ti, Señor, elevo mi alma, pues está por llegar la liberación. (Lc 21, 34)


Jeremías 33, 14-16
Salmo 24, 4-5a. 8-10. 14
1Tesalonicenses 3, 12–4, 2
Lucas 21, 25-28. 34-36 


Reflexión del Santo Padre
Estar despiertos y orar: he aquí como vivir este tiempo desde hoy hasta la Navidad. Estar despiertos y orar. El sueño interno viene siempre de dar siempre vueltas en torno a nosotros mismos, y del permanecer encerrados en nuestra propia vida con sus problemas, alegrías y dolores, pero siempre dando vueltas en torno a nosotros mismos. Y eso cansa, eso aburre, esto cierra a la esperanza. Esta es la raíz del letargo y de la pereza de las que habla el Evangelio. El Adviento nos invita a un esfuerzo de vigilancia, mirando más allá de nosotros mismos, alargando la mente y el corazón para abrirnos a las necesidades de la gente, de los hermanos y al deseo de un mundo nuevo. Es el deseo de tantos pueblos martirizados por el hambre, por la injusticia, por la guerra; es el deseo de los pobres, de los débiles, de los abandonados. Este es un tiempo oportuno para abrir nuestros corazones, para hacernos preguntas concretas sobre cómo y por quién gastamos nuestras vidas. 
La segunda actitud para vivir bien el tiempo de la espera del Señor es la oración. “Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque su liberación está cerca” (v. 28), es la admonición del evangelio de Lucas. Se trata de levantarse y rezar, dirigiendo nuestros pensamientos y nuestro corazón a Jesús que está por llegar. Uno se levanta cuando se espera algo o a alguien. Nosotros esperamos a Jesús, queremos esperarle en oración, que está estrechamente vinculada con la vigilancia. Rezar, esperar a Jesús, abrirse a los demás, estar despiertos, no encerrados en nosotros mismos. Pero si pensamos en la Navidad en un clima de consumismo, de ver qué puedo comprar para hacer esto o aquello, de fiesta mundana, Jesús pasará y no lo encontraremos. Nosotros esperamos a Jesús y queremos esperarle en oración, que está estrechamente vinculada con la vigilancia.

Papa Francisco, Ángelus 2 de diciembre 2018
https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20181202.html

Segundo Domingo
“Todos los hombres verán la Salvación de Dios”

El Adviento avanza… la Liturgia de este Domingo II nos presentan la figura del profeta, aquel que viene a transmitir el mensaje del Señor, a exhortar al pueblo a la conversión, a conocer y vivir con entrega y radicalidad los valores del Reino: “Porque Dios guiará a Israel a la luz de su gloria con su justicia y misericordia” nos dice Baruc. 
Juan el Bautista, el precursor, la voz en el desierto, nos recuerda las palabras de Isaías: “Preparen los caminos del Señor”. La Buena Noticia de Jesús es justicia, es solidaridad, es esperanza en la misericordia del Padre. No podemos olvidar Su amor, su infinito amor, hacia nosotros sus hijos; y, a la vez, nosotros, como hijos, estamos interpelados a practicar un amor comunitario al que el apóstol san Pablo urge que “continúe creciendo mas y mas”.Y que mayor muestra de amor y entrega hacia nuestro Padre Celestial que el Si de María que recordaremos esta semana como Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Hoy somos invitados a renovar nuestro Si al Señor, a ser sus “profetas” a partir de una fe centrada solo en Jesús y de un testimonio de vida que sea un signo visible de los valores y esperanza del Reino.

Baruc 5, 1-9
Salmo 125, 1-6
Filipenses 1, 4-11
Lucas 3, 1-6

Reflexión del Santo Padre
Para preparar el camino al Señor que viene, es necesario tener en cuenta los requisitos de conversión a la que invita el Bautista. ¿Cuáles son estos requisitos de conversión? Ante todo, estamos llamados a rellenar los barrancos causados por la frialdad y la indiferencia, abriéndonos a los demás con los mismos sentimientos de Jesús, es decir, con esa cordialidad y atención fraterna que se hace cargo de las necesidades del prójimo. Es decir, rellenar los barrancos producidos por la frialdad. No se puede tener una relación de amor, de fraternidad, de caridad con el prójimo si hay “agujeros”, así como no se puede ir por un camino con muchos baches, ¿no? Hace falta cambiar de actitud. Y todo esto hacerlo también con una atención especial por los más necesitados. Después es necesario rebajar tantas asperezas causadas por el orgullo y la soberbia. Cuánta gente, quizás sin darse cuenta, es soberbia, áspera, no tiene esa relación de cordialidad. Hay que superar esto haciendo gestos concretos de reconciliación con nuestros hermanos, de solicitud de perdón por nuestras culpas. No es fácil reconciliarse, siempre se piensa: ¿quién da el primer paso? Pero el Señor nos ayuda a hacerlo si tenemos buena voluntad. La conversión, de hecho, es completa si lleva a reconocer humildemente nuestros errores, nuestras infidelidades, nuestras faltas.
El creyente es aquel que, a través de su hacerse cercano al hermano, como Juan el Bautista, abre caminos en el desierto, es decir, indica perspectivas de esperanza incluso en aquellos contextos existenciales tortuosos, marcados por el fracaso y la derrota. No podemos rendirnos ante las situaciones negativas de cierre y de rechazo; no debemos dejarnos subyugar por la mentalidad del mundo, porque el centro de nuestra vida es Jesús y su palabra de luz, de amor, de consuelo. ¡Es Él! El Bautista invitaba a la gente de su tiempo a la conversión con fuerza, con vigor, con severidad. Sin embargo, sabía escuchar, sabía hacer gestos de ternura, gestos de perdón hacia la multitud de hombres y mujeres que acudían a él para confesar sus pecados y ser bautizados con el bautismo de la penitencia.

Papa Francisco, Ángelus 9 de diciembre 2018
https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20181209.html

Tercer Domingo
“El Señor está cerca”

¡Grita de alegría hija de Sion!  La liturgia de este Domingo III del tiempo de Adviento o Domingo de Gaudete – que significa ¡regocíjense! – nos invitan a precisamente eso, a estar alegres, a regocijarnos porque la venida de Jesús, la fuente de toda alegría, está cada vez mas cerca. 
La profecía de Sofonías es un canto jubiloso –“Él exulta de alegría a causa de ti, te renueva en su amor” (primera lectura). 
San Pablo, en la segunda lectura, insiste una y otra vez a la comunidad de Filipos a vivir la verdadera condición cristiana con un reiterativo “Alégrense!”. 
En el Evangelio, Juan Bautista anuncia la venida inminente del Señor Jesús, el Reino está cerca.
Queridos hermanos, ¡que invitación nos hacen estas lecturas! Abramos pues nuestros corazones a la pregunta del Evangelio “¿Que debemos hacer?” para dar, a ejemplo de María, una respuesta concreta y decir hoy y siempre ¡Si … aquí, ¡estoy Señor!

Sofonías 3, 14-18a
Salmo – Isaías 12, 2-6
Filipenses 4, 4-7
Lucas 3, 2b-3. 10-18 


Reflexión del Santo Padre
En este tercer domingo de Adviento, la liturgia nos invita a la alegría. Escuchen bien: a la alegría. El profeta Sofonías le dirige a la pequeña porción del pueblo de Israel estas palabras: «Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel» (3, 14). Gritar de gozo, exultar, alegrarse: es esta la invitación de este domingo. Los habitantes de la ciudad santa están llamados a gozar porque el Señor ha revocado su condena (cf. v. 15). Dios ha perdonado, no ha querido castigar. Por consiguiente, para el pueblo ya no hay motivo de tristeza, ya no hay motivo para desalentarse, sino que todo lleva a un agradecimiento gozoso hacia Dios, que quiere siempre rescatar y salvar a los que ama. Y el amor del Señor hacia su pueblo es incesante, comparable a la ternura del padre hacia los hijos, del esposo hacia la esposa, como dice también Sofonías: «Él exulta de gozo por tí te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo» (v. 17). Este es —así se llama— el domingo de gozo: el tercer domingo de Adviento, antes de Navidad.
Este llamamiento del profeta es particularmente apropiado mientras nos preparamos para la Navidad porque se aplica a Jesús, el Emanuel, el Dios-con-nosotros: su presencia es la fuente de la alegría. De hecho, Sofonías proclama: «Rey de Israel, está en medio de ti»; y poco después repite: «El Señor, tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador!» (vv. 15.17). Este mensaje encuentra su pleno significado en el momento de la anunciación a María, narrada por el evangelista Lucas. Las palabras que le dirige el ángel Gabriel a la Virgen son como un eco de las del profeta. Y ¿qué dice el arcángel Gabriel? «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). «Alégrate», dice a la Virgen. En una aldea perdida de Galilea, en el corazón de una joven mujer desconocida para el mundo, Dios enciende la chispa de la felicidad para todo el mundo. Y hoy el mismo anuncio va dirigido a la Iglesia, llamada a acoger el Evangelio para que se convierta en carne, vida concreta. Dice a la Iglesia, a todos nosotros: «Alégrate, pequeña comunidad cristiana, pobre y humilde aunque hermosa a mis ojos porque deseas ardientemente mi Reino, tienes sed de justicia, tejes con paciencia tramas de paz, no sigues a los poderosos de turno, sino que permaneces fielmente al lado de los pobres. Y así no tienes miedo de nada sino que tu corazón está en el gozo». Si nosotros vivimos así, en la presencia del Señor, nuestro corazón siempre estará en la alegría. La alegría «de alto nivel», cuando está, es plena, y la alegría humilde de todos los días, es decir, la paz. La paz es la alegría más pequeña, pero es alegría. 

Papa Francisco, Ángelus 16 de diciembre 2018
https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20181216.html

Cuarto Domingo
“Aquí estoy para hacer, Dios, tu voluntad”.   

Ha llegado el Domingo IV, el último del tiempo de Adviento.  Hoy la liturgia celebra el sí de María, su maternidad divina, pero maternidad al fin, ya que Dios también necesitó de una mujer para nacer y traer la Buena Noticia a todos los hombres. Ella, la pequeña y humilde doncella, es la elegida para traer al mundo al Salvador, a Jesús, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros… 
Ella, convertida también en nuestra Madre, es instrumental en el plan de salvación. Ella es María, la Madre de Dios, modelo de fe, de esperanza, de caridad y servicio como leemos en el Evangelio de hoy sobre su visita a Isabel.  Ahora dejemos que, como en María, el Espíritu Santo obre en nosotros y continúe abriendo nuestros corazones a la Palabra de Dios y nos convierta en tierra fértil para recibirlo en la Eucaristía.  Y que la Virgen María nos obtenga la gracia de vivir una Navidad extrovertida, pero no dispersa, extrovertida: en el centro no está nuestro «Yo», sino el Tú de Jesús y tú de los hermanos, especialmente aquellos que necesitan ayuda. Entonces dejaremos espacio al amor que, también hoy, quiere hacerse carne y venir a vivir entre nosotros. (Ángelus, 23 de diciembre 2018)

Miqueas 5, 1-4a
Salmo 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19
Hebreos 10, 5-10
Lucas 1, 39-45

Reflexión del Santo Padre
Este episodio nos ayuda a leer con una luz muy especial el misterio del encuentro del hombre con Dios. Un encuentro que no está bajo la bandera de prodigios asombrosos, sino en nombre de la fe y la caridad. De hecho, María es bendecida porque creyó: el encuentro con Dios es el fruto de la fe. Zacarías en cambio, quien dudó y no creyó, permaneció sordo y mudo. Crecer en fe durante el largo silencio: sin fe, inevitablemente permanecemos sordos a la voz consoladora de Dios; y seguimos sin poder pronunciar palabras de consuelo y esperanza para nuestros hermanos. Y lo vemos todos los días: las personas que no tienen fe o que tienen una fe muy pequeña, cuando tienen que acercarse a una persona que sufre, les dicen palabras de circunstancia, pero no pueden llegar al corazón porque no tienen fuerzas. No tiene fuerza porque no tiene fe, y si no tiene fe, las palabras que llegan al corazón de los demás no vienen. La fe, a su vez, se nutre de la caridad. El evangelista nos dice que «se levantó María y se fue con prontitud» (v. 39) hacia Isabel: apresurada, no ansiosa, no ansiosa, sino con prontitud, en paz. «Se levantó»: un gesto lleno de preocupación. Podría haberse quedado en casa para prepararse para el nacimiento de su hijo, en lugar de eso, se preocupa primero de los demás que de sí misma, demostrando, de hecho, que ya es una discípula de ese Señor que lleva en su vientre. El evento del nacimiento de Jesús comenzó así, con un simple gesto de caridad; además, la auténtica caridad es siempre el fruto del amor de Dios. La visita del evangelio de María a Isabel, que escuchamos hoy en la misa, nos prepara para vivir bien la Navidad, comunicándonos el dinamismo de la fe y la caridad. Este dinamismo es obra del Espíritu Santo: el Espíritu de amor que fecundó el seno virginal de María y que la instó a acudir al servicio de su pariente anciana. Un dinamismo lleno de alegría, como vemos en el encuentro entre las dos madres, que es todo un himno de júbilo alegre en el Señor, que hace grandes cosas con los pequeños que se fían de él.         

Papa Francisco, Ángelus 23 de diciembre 2018
https://www.vatican.va/content/francesco/es/angelus/2018/documents/papa-francesco_angelus_20181223.html

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El lugar de encuentro de los Católicos latinos en Bangkok... de la mano de Cristo y bajo el amparo de María ... celebrando la fe en comunidad desde el 2002 ...

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